El sol de mis veranos fue amarillo y rojo, me dió calor, me acompañó.
Fuiste tú, fue el y ella, fui yo.
El sol de aquél verano empezó entre edificios de hormigón.
Desiertos de tierra esteril, viento huracanado.
Semáforos en ámbar y cielos despejados con tardes sin son.
El sol de aquél verano susurraba entre rejillas, se coló entre grifos de pisos,
torcidos, y sin acabar.
El sol de aquél verano llegó a su mediodía brillando en tus ojos azules.
Melodía de griterio y canciones de circo.
Entre sus piernas y el deseo derramado entre las flores.
Sonando entre paredes canciones de Calamaro.
Ese sol que iluminó la noche más oscura.
Que dió calor en las largas esperas.
Que supuso el principio del todo.
Que me dio amistad y cambio mi modo.
Ecos entre piedras frías y encogidas.
Silencios en las esquinas.
Desatándome de ataduras antiguas.
Atándome a otras nuevas.
Y como todo sol, llegó el ocaso.
Ocaso de comidas y cenas.
Ocaso de despedidas de hasta siempre.
Lágrimas, lambrusco y palabras.
Continuidad agridulce de oscuridad en vela.
El sol de mis veranos terminó un septiembre. Comenzando un sueño por carrera, el sol de aquél verano iluminó mi invierno.
Ayer volví a esa tierra esteril, y en su apocalíptico paisaje ya no están esas piedras.
Ahora hay edificios, ahora hay familias.
Ya no queda nada de aquella soledad baldía.
Solo queda el recuerdo y las fotos ese día.
Queda tu cariño y el poder saber que dentro de unos años.
Podre recordar y añoraré, el sol de mis veranos.
jueves 4 de febrero de 2010
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